Latitud de selección

CUÁL ES MI PERSONALIDAD SEXUAL

0 Comments

En su rabia, centellea toda, como gavilán en el yunque.

Busco sumisa - 160492

Account Options

Tomaríasele también por uno de esos raros trajes de bailarina en que la gasa transparente y sombría deja imaginar los esplendores amortiguados de una basquiña brillante, como bajo el negro actualidad se trasluce el delicioso pasado, y las estrellas vacilantes de oro y de plata que la salpican representan esas luces de la fantasía que no se encienden bien sino en el luto profundo de la Confusión. Si en la justicia sobrenatural hay algo de precipitación y de acaso, no nos asombremos de que ocurra lo mismo alguna vez en la justicia humana. La reconozco. Animado por tantas bondades, le pedí noticias de Dios y le pregunté si le había visto recientemente.

Poemas en prosa / Charles Baudelaire; traducción del francés por Enrique Díez-Canedo

Mas, por desgracia, me despertó y todas mis fuerzas me abandonaron. Había que sostenerle en peso con un agalludo, y con la mano del otro cortar la cuerda. Y se le acercó para hacerle fiestas y gestos agradables. Las formas esbeltas de los navíos de aparejo complicado, a los que la marejada imprime oscilaciones armoniosas, sirven para mantener en el ánima el gusto del ritmo y de la belleza. Un día me encontré a aquella Minerva, hambrienta de vigor ideal, de palique con un caballerizo, y en situación que me obligaba a retirarme discretamente para que no se ruborizasen. Los cancioneros suelen largar que el placer vuelve al ánima buena y ablanda los corazones. El asno, sin ver al gracioso, siguió corriendo con celo hacia donde le llamaba el deber. Pasto cierto hay en ellos. Era bastarda de príncipe.

Personalidad sexual dominante

Yo, como ven, he sobrevivido. El tiempo reapareció; el tiempo reina ya como soberano; y con el horrible viejo volvió todo su acompañamiento de memorias, pesares, espasmos, miedos, angustias, pesadillas, cóleras y neurosis. Y ofreció galantemente la mano a su querida, deliciosa y execrable mujer, a aquella mujer misteriosa a quien debía tantos placeres, tantos dolores, y acaso también gran parte de su genio. El chicuelo del Celeste Imperio vaciló al pronto; después, volviendo sobre sí, contestó: «Voy a decírselo. Por fin, cuando la trémula aurora blanqueaba los cristales, aquel célebre personaje, cantado por tantos poetas y servido por tantos filósofos, que, sin saberlo, trabajan por su gloria, me dijo: «Quiero que tenga buen estela de mí, y voy a demostrarle que yo, de quien tan achaque se habla, soy algunas veces un buen diablo, para servirme de una locución vulgar. Las explosiones de gozo y admiración sacudieron varias veces las bóvedas del edificio con la energía de un trueno continuo. No sé en qué café miserable ni de qué manera almorzó. Un día se dedicó a la química; de semejante modo, que entre mi boca y la suya encontré en adelante una mascarilla de cristal. Los pies casi tocaban al suelo; una silla, derribada sin duda de una patada, estaba caída cerca de él; la cabeza se apoyaba convulsa en el hombro; la cara hinchada y los luceros desencajados con fijeza espantosa me produjeron, al pronto, la ilusión de la vida.

Demasiado avaro para comprender otra hermosura que la de los escudos. Mandaron acarrear en seguida otras botellas para matar el tiempo, que tiene vida tan dura, y acelerar la vida, que va tan despacio. Un olor infinitesimal, exquisitamente elegido, al que se batiburrillo una levísima humedad, nada en la atmósfera, donde mecen al espíritu aletargado sensaciones de invernadero. Hubiérase dicho que la profundidad de la tierra lo exasperaba el sufrimiento. La muñeca quedó decapitada en seco. Animado por tantas bondades, le pedí noticias de Deidad y le pregunté si le había visto recientemente.

Leave a Reply

Your email address will not be published.*