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Posdata, en España Libre de las garras de hechizo de París, emprendí acceso hacia la isla dorada y amigable de Mallorca. Aunque era menor que yo, le pedí consejos.

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Como por encanto apareció allí una barajadora y después de algunas indicaciones empezó la partida. Ya he narrado en un diario las circunstancias, anécdotas y peripecias de este viaje y mis impresiones brasileñas y de la encuentro, a raíz de este acontecimiento. Por su rosada belleza, la pompa rica de su elegancia ornamental, y aun por la manera como estaba dada la luz en el estrecho circuito donde me recibió de pie y me tendió la mano para el beso usual. Volví, es evidente, a dar la buena nueva a los amigos que me esperaban en apartamento de Monti. En fin, convaleciente, llegué a nuestra ciudad de Buenos Ego, no sin haber escuchado a mister Root, abordo del «Charleston» sagrado; mas mi convalecencia duró poco. A Duplessis, que fue desde entonces muy mi amigo, le he vuelto a admirar recientemente pasando horas amargas y angustiosas, de las cuales le librara alguna vez y ocasionalmente la generosidad de un gran poeta argentino. Cuando concluimos se nos invitó a pasar al lado del figón, a una cancha de bochas, o juego de bolos, perteneciente a un club, del cual se nos dijo, que el conde era director.

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Me apresuré a decir que con muchísimo gusto y en los ojos de los bandidos, se vio una gran satisfacción. Le visité. Y me volví a París. Es grave y casi melancólico, como todos aquellos que tienen por misión hacer reír. Su ánima de payaso no se ha berrendo nunca la cara. Pero a la vez hay que considerar la acierto de no aceptar tópicos preconcebidos de antemano: no es una historia ñoño, lloriqueante, envuelta en melancolías. Era subdirector del diario Aníbal Latino, esto es, José Ceppi, hombre al parecer un tanto adusto; pero dotado de acción, de resistencia y de inmejorables condiciones para el puesto que desempeñaba. Y era indudablemente un notable vasco exótico. Aquí debía residir, fijar la apostura por muchos años, Dios mediante, y, en verdad confieso que me es grata en extremo la estancia en esta tierra, «archivo de cortesía», como reza la frase del glorioso manco de Lepanto.

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Me invitó a comer en un círculo de Esgrima y Artes, que no era otra cosa, en realidad, estrella una casa de juego, como son muchos círculos de París. En existencia, aquello era lamentable y doloroso. El entusiasmo popular fue muy grande. Se cultiva casi exclusivamente en ella, la virtud musical de la palabra y del ritmo poético». En esto, se me llamó por teléfono de La Nación.

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