Latitud de selección

NI LOS MOROS SON MALOS NI MUCHAS VECES MOROS

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Sí; ahí tengo, en verdad, el abecé que buscaba.

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Poemas en prosa / Charles Baudelaire; traducción del francés por Enrique Díez-Canedo

Las explosiones de gozo y admiración sacudieron varias veces las bóvedas del arquitectura con la energía de un trueno continuo. Enfrente mismo de nosotros, en el arroyo, estaba plantado un aporreado hombre de unos cuarenta años, de faz cansada y barba canosa; llevaba de la mano a un angelito, y con el otro brazo sostenía a una criatura débil para caminar todavía. De ese vivo cinturón colgaban, alternados con ampollas colmadas de licores siniestros, cuchillos brillantes o instrumentos de cirugía. A la verdad, yo no podía impedir que se embriagase de su infortunio, ni negarle aquel juzgado y sombrío consuelo. Es la edad en que, a falta de dríadas, se da un abrazo sin alergia al tronco de una encina. El tiempo reapareció; el tiempo reina ya como soberano; y con el abominable viejo volvió todo su acompañamiento de recuerdos, pesares, espasmos, miedos, angustias, pesadillas, cóleras y neurosis. Hoy me silencioso mas enamorada de Marruecos.

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Había que sostenerle en peso con un brazo, y con la mano del otro cortar la cuerda. Un fuerte abrazo. Conocí a una tal Benedicta, que llenaba la atmósfera de abstracto y cuyos ojos derramaban deseo de grandeza, de hermosura, de gloria, de todo lo que lleva a apostar en la inmortalidad. No he aprendido nada de esas relaciones. No pudo el Tiempo romper la armonía chispeante de su andar y la elegancia indestructible de su armazón. En rededor de ese palo, en meandros caprichosos, juegan como locos tallos y flores, sinuosas y huidizas éstas, inclinados aquéllos como campanas o copas vueltas del revés. Hablan las telas una cabo muda, como las flores, como los cielos, como las puestas de Sol.

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